lunes, 19 de septiembre de 2011


Sin Final


Parado ahí, en el medio de uno, es posible ser. Ser más entero, estar más abierto a dar y a recibir. Es el lugar donde se puede estar eternamente. Único y personal, desconocido, latente, intimidante para muchos. Hablo de ese espacio pequeño y sin final que está en el medio de uno mismo, donde se respira y se late, donde se llora y se grita. Es el lugar donde caen los abrazos y los deseos, es por donde uno se va cuando es tragado por la tristeza.

Un sitio de torbellinos y de remansos, de altas mareas y de resecos desiertos. A veces le da el sol, como en el otoño a los árboles y a veces la noche lo inunda de una líquidez oscura. No tiene principio ni final, todo ahí puede suceder, como en el país de Alicia, al que llega luego de caer y caer dentro de un hueco sin final.

Un camino de bajar adentro, sin demora y sin vértigo, para dar con un ejército de fantasmas, para chapotear en el agua de un pantano o para encontrarse con el milagro de algunas flores que crecieron a la sombra, en un recodo de ese espacio pequeño y sin final, esa minúscula parte de uno que convierte a las cosas en tan inmesas.

DSch
Te regalo el mar


Y te regalo el mar,
ese viejo leñador de los silencios;
el mismo que se viste de furia,
que se encrespa en olas de violencia
y en bofetadas de viento se declara;
ese mar capaz de filigranas de gaviotas
y de besar las arenas, mansamente;
mar de tifón,
de calma chicha,
rugiente o rumoroso,
despedazando soles o lunas
en sus aguas,
y siempre mar.
La perpetua identidad del mar
es mi regalo.


JSch